El track “Música para robots”, de Ortiz Morales, es una pieza de poco más de 4 minutos que da nombre a un CD completo en el que se incluyen 11 tracks muy diferentes compuestos de 2005 a 2018 (algunos de los cuales han sido soportes musicales de espectáculos en vivo o bandas sonoras de cine dadaísta o expresionista, exceptuando una pieza de 2025 compuesta como bonus-track para el CD recopilación Eclosion, de Arthropoda Music), y en la mayoría de los casos con la colaboración de los Talleres de Música Contemporánea del Conservatorio de Málaga o del ensemble audiovisual KinematikOM; pero, a pesar de la disparidad de momentos, formaciones y contextos, todas las piezas unidas en sus diferencias por el objetivo común de desarrollar variaciones sugerentes en un estilo abierto entre el ruidismo, la música concreta, la música electroacústica y el arte sonoro académico, por un lado, y ritmos más electrónicos o “dance” más accesibles al
público por otro, mezclándose en lo que quizás podríamos denominar Concrète-Pop o Dance Neofuturista, de una manera abierta y amplia, naturalmente.
El track inicial, del mismo nombre, es una “bizarra” mezcla experimental que procura recordar la energía del electro-funk primitivo pero ahora mediante el ensamblaje de ruidos industriales, timbres microtonales de intonarumori contemporáneos y voces cibernéticas altamente procesadas, todo articulado y ensamblado para sostener continuamente un relativo equilibrio humano-maquinal en una futurista pista de baile cibernética.
Inspirado en algunas de las audaces fusiones entre música concreta y pop bailable pioneras (en la obra de Pierre Henry, por ejemplo), el pulso, a pesar de algunas arrítmias y asimetrías métricas libres puntuales, se percibe contagioso gracias a una subdivisión rítmica muy marcada por impactos metálicos y transitorios cortantes, logrando que la cadencia sea mecánicamente hipnótica y sugiriendo sostener una música dance de ruidismo mecanicista /vanguardista.
Las frecuencias graves y la sección de vientos típicas de la música de baile vintage se sustituyen por reinterpretaciones digitales del ruido: los intonarumoris digitales de Luigi Russolo (generados y manipulados por un software especial y propio). Estos generadores de ruido acústico-mecánico han sido procesados para articular la masa armónica con una textura rugosa, metálica y resonante. La percusión y los efectos secundarios se forman exclusivamente a partir de la manipulación de objetos sonoros grabados (provenientes de la música concreta): fricción de cristales, golpes de metales pesados, engranajes hidráulicos y aire a presión, tratados con técnicas de montaje, inyección de cinta (tape loops) y micro-sampleado.
En lo que se esperaría como elemento vocal se prescinde de la interpretación humana sustituyendo el primer plano sonoro vocal por efectos de sonidos, samplers y muestras FM creadas y editadas bien por síntesis aditiva, bien sustractiva, que son el resultado de la utilización de secuenciadores de última generación, síntesis granular y algunos algoritmos de modulación por voz (neural vocoders). El resultado es un timbre robótico, hiper-procesado y plástico que oscila entre el tartamudeo micro-editado y un virtuosismo sintético“inhumano”. La pieza se construye como un “collage rítmico altamente estructurado”. Mediante el uso de editores de efectos de vanguardia (módulos de entropía, retrasos de tono y filtros destructivos), los ruidos industriales se organizan en patrones (repetitivos, pero a veces tan dilatados que se vuelven difíciles de captar), buscando que la disonancia y la textura ruidista se vuelvan muy directas y hasta cierto punto,
bailables.

